Historias

Jimena: De los talleres comunitarios a la Global Alliance por los derechos de la juventud

World Vision.- Mi historia con World Vision comenzó en la infancia, en mi propia comunidad. Mi nombre es Jimena y vivo en Perú, cada semana, niñas y niños del vecindario nos reuníamos en los talleres del Club de Amigos. Eran espacios donde aprendíamos, compartíamos y crecíamos juntos. Más allá de las actividades y los juegos, esos encuentros sembraban algo más profundo: valores, sentido de comunidad y la convicción de que cada niño tiene un potencial que merece ser acompañado y fortalecido. 

Con el tiempo, ese primer vínculo evolucionó hacia una participación más consciente. Durante la pandemia tuve la oportunidad de formar parte del programa Youth Ready, impulsado por World Vision. En un momento global de incertidumbre, este programa se convirtió en un espacio de formación, reflexión y construcción de propósito. Youth Ready no solo ofrece herramientas para el desarrollo personal y profesional de los jóvenes; también impulsa una visión de liderazgo basada en la responsabilidad, la iniciativa y el compromiso con el entorno. 

A partir de esta experiencia me integré a la Alianza Nacional de Líderes para la Transformación (ANALIT), una red juvenil que promueve la participación activa de adolescentes y jóvenes en procesos de incidencia. Dentro de este espacio asumí responsabilidades de coordinación en el área de participación e incidencia, una experiencia que me permitió trabajar junto a jóvenes de distintas realidades, unidos por un mismo propósito: aportar desde nuestras voces y acciones a la construcción de comunidades más justas y participativas. 

Al cumplir la mayoría de edad continué este camino integrándome a la red Nuestras Voces, donde sigo participando activamente. Asimismo, formo parte de la Global Alliance for Youth vinculada al proyecto Youth Ready, una red que conecta a jóvenes de diferentes países que comparten la convicción de que la participación juvenil es una fuerza real de transformación social. 

Actualmente estudio Derecho, una decisión profundamente conectada con el camino recorrido en estos espacios. Las experiencias impulsadas por World Vision contribuyeron a fortalecer en mí habilidades de liderazgo, comunicación y pensamiento crítico, herramientas que hoy orientan mi formación académica y mi vocación de servicio. 

También encuentro en este proceso una dimensión espiritual significativa. Como persona de fe, valoro profundamente que el trabajo de World Vision esté guiado por principios que promueven la dignidad humana, la solidaridad y la esperanza. Esa base de valores se refleja en cada iniciativa y en el impacto real que genera en la vida de niños, niñas y jóvenes. 

Mirar atrás y reconocer que todo comenzó en un taller comunitario es un recordatorio poderoso de lo que puede suceder cuando se apuesta por la niñez y la juventud. Creo firmemente que cuando un niño encuentra oportunidades para aprender, participar y creer en su propia voz, también comienza a construir el liderazgo que, con el tiempo, puede transformar su comunidad. 

Celia: El legado de fe que se convirtió en liderazgo para toda una comunidad

World Vision.- Celia es una joven de 23 años que proviene de una familia numerosa de El Salvador. Su abuela fue una mujer profundamente católica y tuvo una gran influencia en su vida. Sin embargo, sus padres no practicaban la fe, y durante su infancia Celia vivió principalmente con su mamá. A pesar de esto, su abuela siempre la acercó a la iglesia. La llevaba a catequesis, a reuniones y a diferentes actividades parroquiales. Ese acompañamiento marcó profundamente la vida de Celia. Cuando su abuela falleció a causa de cáncer, ese testimonio de fe quedó sembrado en su corazón. 

Su vocación la llevó a la parroquia Asunción de Izalco, donde su liderazgo natural la convirtió en coordinadora de la pastoral juvenil. Sin embargo, como muchos jóvenes, Celia todavía buscaba un rumbo claro para su vida profesional y personal. Fue hace tres años y medio cuando su camino se cruzó con los programas Youth Ready y Súper Pilas.

Este proceso fue transformador para ella. Aunque muchas personas siempre le habían dicho que era una buena líder, que tenía capacidades y que podía hacer grandes cosas, Celia aún no lo creía completamente. La metodología del programa le permitió reconocer su valor, descubrir sus talentos y confiar más en sí misma. 

A partir de ese momento, Celia comenzó a aportar aún más a su comunidad. Para nosotros, se ha convertido en una verdadera embajadora del programa a nivel local. Hemos visto cómo ha madurado tanto en su proceso personal como en su liderazgo. 

Su ejemplo también ha inspirado a muchas otras mujeres jóvenes, como Natalia Torres, quien hoy sigue su legado de liderazgo y servicio. Así como Natalia, muchas otras mujeres y hombres han encontrado en Celia una fuente de inspiración para comprometerse con su comunidad y con la iglesia. 

Actualmente, Celia ya no solo lidera procesos en la parroquia Asunción de Izalco, sino que también es invitada a otras parroquias para apoyar la estructuración de la pastoral juvenil, replicando el modelo que ha ayudado a fortalecer en su comunidad. 

En este proceso ha sido fundamental el acompañamiento del Padre Mario, sacerdote que ha creído en el liderazgo de Celia y ha impulsado diferentes procesos pastorales en varias parroquias. Gracias a su apoyo, hoy varias comunidades están abriendo sus puertas para implementar iniciativas como Súper Pilas, y en muchas de ellas Celia ha sido clave para acompañar y fortalecer a los jóvenes. 

Para nosotros, Celia es una mujer que inspira. Es una mujer de procesos, comprometida con la iglesia y profundamente conectada con su fe. Primero se encontró con Cristo, y luego el proceso de Súper Pilas le ayudó a fortalecer sus conocimientos, su liderazgo y su capacidad de servir a los demás. 

Hoy Celia acompaña procesos de catequesis, trabaja con jóvenes, anima a otros a descubrir su propósito y contribuye especialmente al desarrollo de jóvenes en situaciones vulnerables. 

Como cualquier joven, Celia también tiene miedos, retos y sueños por cumplir. Pero es una mujer entusiasta, dinámica y coherente con lo que cree y vive. 

Eso es Celia: una joven que decidió transformar su historia en una misión de servicio para los demás 

Cartas que sanan, la historia de Yohanferli y el poder del patrocinio en República Dominicana

Santo Domingo, República Dominicana | World Vision.- Yohanferli es una niña de 13 años que vive en Los Alcarrizos, República Dominicana, junto a sus padres y cinco hermanos. Fue apadrinada desde muy pequeña por World Vision, lo que describe como un “maravilloso regalo de Dios” para su familia. El patrocinio le ha brindado apoyo en múltiples áreas: desde alimentos y espacios de aprendizaje espiritual, emocional y cognitivo, hasta acompañamiento en su desarrollo socioemocional y formación en educación con ternura para sus padres. Su vida transcurre entre juegos de mesa como el parchís y el dominó, y pasatiempos que la llenan de alegría: jugar voleibol con su hermana Yudelis, de 16 años, y preparar su postre favorito, el flan.

En su hogar, la familia ha criado gallinas por más de diez años, lo que les permite obtener huevos que ayudan a llevar comida a la mesa. Para Yohanferli, uno de los mayores placeres es disfrutar de un plato sencillo pero especial: arroz con huevos. Su casa, además, parece un pequeño zoológico lleno de vida, tortugas, periquitos, perros, una paloma que alguna vez tuvieron y dejaron libre, e incluso una iguana. Con ojos llorosos, expresa su profundo agradecimiento a sus padres, quienes, a pesar de las limitaciones que su realidad les impone, siempre muestran amor y sacrificio constante por ella y sus hermanos. Ese esfuerzo diario le recuerda que, aunque los recursos sean escasos, la verdadera riqueza de su hogar está en el cariño, la entrega y la fe que los sostiene como familia.

Lo que más ama de sus padres es que, incluso en medio de las dificultades, siempre buscan la manera de hacerla sonreír. Para Yohanferli, esa capacidad de transformar la preocupación en alegría es una muestra del amor incondicional que la sostiene día a día. Sus padres no solo proveen lo poco que tienen, sino que también llenan su hogar de risas, juegos y esperanza.

El patrocinio a través de World Vision ha transformado la vida de Yohanferli. Su patrocinadora, una maestra, no solo le envía cartas, sino que también motiva a sus estudiantes a escribirle, enviándole dibujos y mensajes que la llenan de alegría. “Me encanta recibir cartas y escribirles también”, dice con emoción. Entre lágrimas, recuerda lo mucho que la conmovió saber que su patrocinadora inspira a otros a compartir con ella, lo que le hace sentir acompañada y valorada.

Esa relación cercana ha sembrado en Yohanferli el sueño de convertirse en maestra de matemáticas y, algún día, apadrinar a otros niños como ella. “Quisiera ser como ella”, afirma con ilusión, mientras sueña con el momento en que pueda conocerla en persona.

Las donaciones también han tenido un impacto concreto en su hogar: la entrega de un camarote permitió que ella y sus hermanos pudieran dormir más cómodos y con mayor privacidad; los clubes de lectura que fomenta World Vision en su comunidad fortalecieron suconfianza y fluidez al leer; y recibir una Biblia la acompaña en su fe y en sus visitas a la iglesia. “Que no pierdan la fe porque Dios nunca desampara a sus hijos”, aconseja a otros niños que atraviesan dificultades.

Yohanferli sueña con participar en un torneo nacional de voleibol y quizás representar algún día a su país. También anhela dar una vida mejor a su familia y viajar a Estados Unidos. Estudia con empeño, quiere aprender inglés y ir a la universidad.

Su madre, Lidia, la describe como una niña amorosa, de sentimientos profundos y muy respetuosa. Está convencida de que sus hijos alcanzarán grandes cosas, por eso los acompaña de cerca en su crecimiento y hace todo lo posible para que estén bien. Desde su humilde casa, cuida de ellos, de las gallinas y emprende vendiendo chucherías como medio para traer recursos al hogar.

Yohanferli cuenta uno de los momentos más difíciles que ha atravesado. Entre lágrimas narra cómo un día se levantó y en casa no había nada para comer. Ella y sus hermanos, hambrientos, fueron motivados por su madre a caminar hasta la casa de su abuela, que vive a varios kilómetros, para pedir alimentos. “Fue muy difícil sentir hambre, pero más difícil fue ver a mis padres preocupados por no saber qué hacer por nosotros”, recuerda con profunda emoción.

En esos momentos de dificultad, Yohanferli ha visto cómo Dios ha provisto y cuidado de ella y de sus hermanos. Con voz serena y llena de gratitud, comparte la alegría que sintió al recibir su primera Biblia de parte de World Vision, un regalo que marcó un antes y un después en su fe. “Me dio mucha alegría recibir mi primera Biblia”, recuerda, porque gracias a ella se ha acercado más a Dios y ha fortalecido su compromiso con las actividades de la iglesia. Hoy, su relación con Dios es un refugio y una fuente de esperanza, que le da fuerzas para seguir adelante y soñar con un futuro mejor para su familia.

La historia de Yohanferli demuestra que el patrocinio internacional no solo entrega recursos materiales, sino que abre caminos de esperanza, fortalece la fe y siembra sueños en el corazón de niños y niñas que viven realidades difíciles. Gracias a las donaciones y al acompañamiento recibido, ella y su familia han accedido a herramientas y oportunidades que, de otra manera, habrían sido inalcanzables. Cada gesto de apoyo se convierte en una semilla de futuro, en un recordatorio de que la solidaridad puede transformar vidas y hacer florecer sueños que parecían imposibles.

Reclutamiento y desplazamiento infantil en Colombia: la realidad de la niñez en Catatumbo

Bogotá, Colombia.- La violencia volvió a recrudecer con fuerza a mediados de enero de 2025 y, desde entonces, el Catatumbo no ha tenido respiro. El territorio continúa siendo uno de los puntos más críticos de seguridad del país, un lugar donde el conflicto armado no es un recuerdo del pasado, sino una realidad que se vive día a día. 

 Como ocurre en cada escalada del conflicto, la niñez vuelve  a ser una de las poblaciones más afectadas. 

Los enfrentamientos armados incrementaron las condiciones de vulnerabilidad de niñas y niños que tuvieron que abandonar sus hogares junto con sus familias, sin garantías para la atención de sus necesidades básicas de alimentación, alojamiento, recreación y educación. A esto se sumaron riesgos graves y persistentes, como el reclutamiento uso y utilización de niñas y niños por parte de grupos al margen de la ley. 

 A un año de esta situación, la situación no se detiene. 

Recuerdo alistar mi maleta, mi cámara, leer los reportes y, junto al equipo, entender que íbamos a cubrir una situación de emergencia humanitaria donde niñas, niños y adolescentes estaban siendo profundamente afectados. Lamentablemente, no era la primera vez. Como equipo de comunicaciones, ya sabíamos que en la historia de nuestro país estas emergencias no terminan; se repiten, cambian de territorio, pero conservan el mismo dolor y sufrimiento. 

 Fue allí donde conocí a Sami*. *Nombre cambiado por protección* 

Sami, como muchas otras niñas y niños desplazados por la violencia, se encontraba en un alojamiento temporal improvisado. Con algunos materiales (plásticos, telas, palo) las familias habían construido cambuches, pequeños espacios para separarse unas de otras y protegerse de la intemperie. En medio de ese contexto, Sami participaba en un espacio de protección que World Vision, junto a otras organizaciones de cooperación, estaban ofreciendo. 

Recuerdo que se acercó a preguntarme por mi cámara. Se la mostré, la sostuvo con cuidado y me ayudó a tomar algunas fotos del espacio. Después, sin que yo se lo pidiera, empezó a contarme su historia. 

Me dijo que su casa era grande y de madera. Que dormía bien y comía bien. Pero que un día escuchó que tenían que irse de la finca a la que habían llegado apenas unos meses atrás. Salieron rápido. Iba con su papá, su mamá y un vecino en un carro. Me contó que su tía estaba en Venezuela y que no era la primera vez que iban de un lugar a otro: venían de Venezuela a Colombia buscando un mejor futuro.  

Junto con un colega del equipo de protección le hicimos una pregunta que solemos hacer a las niña y niños:
¿Qué es lo que más quieres? 

Pensamos que nos hablaría de un juguete, de algo que había dejado atrás. Pero su respuesta nos sobrecogió profundamente:
“Que se acabe la violencia 

Después nos contó que en el refugio jugaba con otras niñas y niños que había conocido al llegar. Estaba en segundo de primaria y no había podido regresar a su casa. Hubo un silencio largo. Pensé que la conversación había terminado, pero Sami añadió:
“Otro sueño que tengo es volver a mi casa, a mi colegio, estar con mis amigos y con mi familia unida”. 

Sami tiene aproximadamente 10 años.  

“Tengo el corazón solamente roto” 

En otro de los albergues conocí a Mar*. Era un espacio más pequeño, con muchas niñas y niños de primera infancia e infancia. Mar me mostró su muñeca y me preguntó si era linda. Recuerdo que le dije que sí y que me gustaba mucho su peinado. 

 Me contó que vivía en El Tarra. “Tuve este problema, me echaron del Catatumbo” me dijo con una naturalidad, que dolía; continúa diciendo “Llegó una gente a la casa y nos dijeron que había que desalojar, que eso se iba a prender”. 

 Dejaron todo: sus cosas, su ropa, sus cuadernos. Mar había llegado al albergue apenas una semana antes de nuestra intervención. Le pregunté cómo se sentía.
Ya me amañé acá” respondió “hay más niños” 

Luego, con una sinceridad desarmante, añadió: Me siento un poco triste y un poco feliz”.

 Venía con su papá, su mamá y su hermana. Me dijo que lo más difícil fue dejarlo todo, especialmente sus estudios. Antes de despedirse, una vez me contó de su familia y de la actividad que habían hecho con otros niños, recuerdo que me miró y dijo una frase que aún resuena en mi:
Tengo el corazón solamente roto. 

 Mar tenía 13 años cuando hablé con ella.  

Mar y Sami son el reflejo de la niñez en contextos de conflicto 

Las historias de Mar y Sami no son casos aislados. Son el reflejo de miles de niñas, niños y adolescentes cuya infancia ha sido interrumpida por la violencia. Según UNICEF, en la región del Catatumbo más de 20.000 niñas, niños y adolescentes han sido desplazados por el conflicto armado, obligados a huir de sus hogares y a enfrentar un futuro marcado por la incertidumbre, la deserción escolar y la ruptura de sus entornos protectores. 

Detrás de cada cifra hay una historia que duele. El desplazamiento no solo implica perder una casa; significa perder rutinas, vínculos, seguridad y, muchas veces, la posibilidad de soñar sin miedo. 

 Día de las Manos Rojas: decir no a una niñez en guerra 

Cada 12 de febrero, el mundo conmemora el Día de las Manos Rojas, una fecha que nos recuerda el compromiso global de rechazar el reclutamiento, uso y utilización de niñas, niños y adolescentes en los conflictos armados. La mano pintada de rojo es un símbolo de denuncia y como ejercicio de memoria y de resistencia frente a una violencia que sigue arrebatando historias. 

En Colombia, esta conmemoración cobra un significado urgente. Los riesgos de reclutamiento, uso y utilización de la niñez persisten, especialmente en contextos de desplazamiento, confinamiento y pobreza. Levantar la mano roja es decir con firmeza: Nunca más niñas y niños en la guerra. 

 Llamado urgente a la acción humanitaria 

Las voces de Sami y Mar, junto con las cifras que evidencian la magnitud de la crisis, nos interpelan como sociedad. Proteger a la niñez debe ser una prioridad humanitaria inaplazable. 

Es urgente garantizar: 

  • Acceso a alimentación, salud y educación para la niñez desplazada. 
  • Espacios seguros y acompañamiento psicosocial que atiendan las heridas visibles e invisibles que deja el conflicto. 
  • Acciones contundentes de prevención del reclutamiento, uso, utilización y otras formas de violencia contra la niñez. 
  • Una respuesta coordinada y sostenida que ponga en el centro la dignidad y los derechos de las niñas y los niños. 

 Como dijo Sami, lo que toda niña y todo niño desea es sencillo y profundo: vivir sin miedo. Ese sueño no debería ser un anhelo, sino un derecho garantizado. 

Mientras el conflicto persista, seguir contando estas historias es una forma de resistencia. No para normalizarlas, sino para insistir una y otra vez en que la niñez merece crecer en paz. 

Por: Linda Daniela Cruz.

¿Obligará finalmente la COP30 al mundo a mirar a los niños y niñas de la Amazonía?

Para João Diniz, Líder Regional para América Latina y el Caribe en World Vision, los niños y niñas de la Amazonía están en el epicentro de la crisis climática, y su futuro es inseparable del destino del planeta.

Este año, la COP30, la conferencia mundial sobre cambio climático se celebrará en Belém, en pleno corazón de la Amazonía, una región tan vital que a menudo se le llama “los pulmones de la Tierra”. Sin embargo, detrás de las grandes promesas y las negociaciones clave, se esconde una paradoja inquietante: el lugar que albergará las conversaciones más urgentes sobre el clima es también uno de los más difíciles para crecer siendo niño.

La Amazonía debería ser un paraíso, un aula viva de ríos, bosques y vida desbordante. Pero para millones de niños y niñas, se ha convertido en un lugar de privaciones y peligro. Más de la mitad de las familias de la región viven en pobreza multidimensional, y el 45% enfrenta inseguridad alimentaria. Uno de cada cuatro niños sufre desnutrición crónica y, en algunas comunidades, hasta el 80% carece de acceso a agua potable y saneamiento.

A esto se suman profundas fracturas sociales: en varias zonas, dos de cada tres niños han sido víctimas de violencia física o psicológica; el embarazo adolescente afecta a más del 37% de las niñas entre 15 y 19 años; y el trabajo infantil en menores de 15 años alcanza hasta el 36%. Para todos ellos, la crisis climática no es un concepto abstracto: es la fiebre tras una picadura de mosquito, la tos provocada por el aire contaminado, el miedo de que la próxima inundación arrase con su escuela.

 

Más allá del dosel del bosque

Podría decirse que la preocupación global por la Amazonía suele centrarse en el carbono, los árboles y la biodiversidad, causas nobles, aunque incompletas. Si bien esa atención es valiosa, a menudo deja de lado una dimensión crucial: las vidas que transcurren bajo ese dosel. Para las comunidades indígenas, con demasiada frecuencia marginadas, la naturaleza es mucho más que un recurso: los bosques, ríos, montañas y mares son ancestros vivos, guardianes de historias, espiritualidad e identidad. Romper ese lazo no es solo destruir un ecosistema, sino borrar un legado donde el ser humano y la Tierra coexisten como uno solo.

La pobreza, la violencia y los desastres climáticos no solo coexisten, colisionan. El colapso ambiental magnifica la fragilidad social, erosionando los cimientos mismos de la infancia. Sin una inversión decidida, esta generación no heredará un bosque lleno de vida, sino un legado de pérdida.

 

 

 

La oportunidad y la responsabilidad

El país anfitrión, Brasil, ha propuesto el “Fondo Bosques Tropicales para Siempre”, con una meta de USD $125 mil millones, diseñado para sostener la conservación a través de retornos de inversión. Sin duda, se trata de una propuesta audaz y visionaria. Pero cabe preguntarse: ¿llegarán esos fondos a los niños y niñas que viven en estos bosques? En las últimas dos décadas, solo el 2.4% del financiamiento climático multilateral ha tenido como objetivo directo a la infancia. Este descuido es tan injusto como miope.

Invertir en resiliencia centrada en la niñez es una estrategia inteligente. Fortalecer servicios esenciales como agua, saneamiento, salud y educación ante los impactos climáticos beneficia a comunidades enteras. Escuelas resistentes a inundaciones, clínicas que permanecen abiertas durante las sequías y sistemas de protección que resguardan a la niñez de la violencia garantizan que la acción climática se traduzca en supervivencia humana.

 

Tres cambios urgentes para una Amazonía viva

Redefinir el futuro de la Amazonía implica invertir en servicios públicos bien financiados y resilientes al clima. La salud, la educación, el agua y la protección no son mejoras opcionales, sino salvavidas fundamentales para la niñez. A medida que aumentan los impactos climáticos, la falta de fondos suficientes para adaptación y para responder a pérdidas y daños deja a los niños cada vez más expuestos. Ellos son quienes menos han contribuido a la emergencia climática, pero sufren sus peores consecuencias. El financiamiento climático debe ser sensible a la niñez y liderado localmente, garantizando inversiones que fortalezcan los sistemas de los que dependen su seguridad, bienestar y futuro.

Igualmente, crucial es asegurar que los niños, niñas y jóvenes en especial los indígenas y los más marginados, participen activamente en la construcción de su futuro, como recomienda la CMNUCC. Sus voces transmiten la urgencia de la experiencia vivida, y su conocimiento encierra la sabiduría de generaciones que han cuidado del bosque mucho antes de que existieran las cumbres climáticas. Empoderarlos es invertir en la solución climática más poderosa de la Amazonía: su gente.

 

Un espejo para el mundo

Datos recientes de satélites muestran que las alertas por degradación forestal aumentaron un 44% entre 2023 y 2024, lo que representa un asombroso 163% de aumento desde 2022. Solo el año pasado se dañaron más de 25,000 kilómetros cuadrados de bosque, dos tercios a causa del fuego. Los ríos se están secando, la contaminación va en aumento y los ecosistemas colapsan. La Amazonía lucha por respirar, y también lo hacen sus niños y niñas. Su posible colapso podría liberar hasta 300 mil millones de toneladas de carbono, haciendo inalcanzable la meta de 2 °C del Acuerdo de París, y mucho más aún la de 1.5 °C. El mensaje es claro: el destino de los niños de la Amazonía y el del planeta son uno solo.

Cuando se inaugure la COP30, los delegados debatirán sobre emisiones, financiamiento y marcos de acción. Pero antes del primer discurso, deben hacerse una pregunta más simple: ¿estamos priorizando a la infancia con la misma urgencia con la que tratamos de reducir las emisiones?

Porque si los niños y niñas de la Amazonía no pueden respirar aire limpio, beber agua segura o caminar a la escuela sin miedo, entonces ninguno de nosotros podrá hablar de verdadero progreso.

Sobre João Diniz

Con más de 35 años de experiencia en liderazgo estratégico, desarrollo de recursos y gestión organizacional, João Diniz es un destacado ejecutivo de World Vision. Actualmente se desempeña como Líder Regional para América Latina y el Caribe, brindando liderazgo visionario en toda la región.

Ha ocupado varios cargos senior dentro de World Vision International, incluyendo Director Global de Asuntos Estratégicos, Ministeriales y Financieros (con sede en Nairobi, Kenia) y Director Regional de Estrategia para América Latina y el Caribe (con sede en San José, Costa Rica). En Brasil, fue Director Nacional y anteriormente lideró las áreas de Desarrollo Económico, Mercadeo y Recaudación de Fondos.

Es ingeniero agrónomo con estudios de posgrado en Agricultura Tropical y una maestría en Administración de Empresas con especialización en Gestión Financiera por la Universidad Federal de Pernambuco, Brasil.

¿Pueden las abejas salvar a los niños de la Amazonía? Lo que he aprendido de las alas más pequeñas de la esperanza

He trabajado en el ámbito humanitario y de desarrollo el tiempo suficiente como para reconocer cuándo un proyecto simplemente funciona y cuándo realmente transforma. Lo que está ocurriendo en lo profundo de la Amazonía ecuatoriana pertenece, sin duda, a esta última categoría.

En un país donde el 70.3 % de las familias rurales viven por debajo del umbral de pobreza, se está gestando una revolución silenciosa. No está liderada por expertos internacionales ni por tecnologías sofisticadas, sino por jóvenes… y por el delicado zumbido de las abejas nativas sin aguijón.

La práctica, conocida como meliponicultura, puede sonar modesta. Pero, como he presenciado en primera fila, su impacto es profundo. Estas abejas —pequeñas, sin aguijón, y a menudo ignoradas— están transformando la manera en que las familias alimentan a sus hijos, preservan sus bosques y recuperan su dignidad.

Jefferson muestra con orgullo la gama de productos que ha elaborado utilizando la miel que ha recolectado, combinando tradición con creatividad/ Ecuador/2025.
Jefferson muestra con orgullo la gama de productos que ha elaborado utilizando la miel que ha recolectado, combinando tradición con creatividad/ Ecuador/2025.

 

Una tradición que se vuelve movimiento

Hace poco visité una pequeña comunidad donde conocí a Jeferson, un joven de 29 años que encarna la promesa de esta nueva generación. Junto a su pareja, Aide, ha convertido un rincón sencillo del bosque en un santuario vibrante, lleno de vida y propósito.

“Al principio, era solo algo que hacían mis abuelos”, me dijo, sosteniendo con delicadeza una de sus colmenas artesanales. “Pero ahora sabemos que estas abejas son vida. Nos dan medicina, ingresos y, lo más importante, enseñan a nuestros hijos que si cuidamos a las abejas, el bosque nos cuida a nosotros”.

Es una filosofía poderosa, que encierra más verdad que muchos marcos de política pública que he visto. Gracias a su iniciativa, Jeferson ha inspirado a más de 200 familias a tener colmenas de meliponas, produciendo miel tanto para el consumo familiar como para la venta. Cada colmena es un pequeño acto de resistencia contra el hambre, un compromiso silencioso con la regeneración por encima de la extracción.

Lo que realmente significa sostenibilidad

A menudo hablamos de sostenibilidad en términos abstractos: estrategias, marcos, indicadores. Pero en la Amazonía, la sostenibilidad tiene rostro, tiene latido, y a veces… tiene alas diminutas.

La meliponicultura, en mi opinión, es una de esas intervenciones poco comunes: técnicamente viable, económicamente sólida, culturalmente enraizada y ambientalmente regenerativa. Genera ingresos sin destruir los ecosistemas. Refuerza la seguridad alimentaria mientras conserva la biodiversidad. Familias que antes enfrentaban la desnutrición ahora producen miel rica en nutrientes, polen con propiedades medicinales y propóleos cotizados en los mercados internacionales.

Es un modelo elegante: simple, escalable y sostenible en el sentido más genuino. Pero más allá de eso, devuelve el orgullo. Les dice a las comunidades que su herencia no es un obstáculo para el progreso, sino su base.

Primer plano de los recipientes de miel de abejas sin aguijón dentro de una colmena de madera, donde Jefferson recolecta miel/Ecuador/2025.
Primer plano de los recipientes de miel de abejas sin aguijón dentro de una colmena de madera, donde Jefferson recolecta miel/Ecuador/2025.

Repensar cómo hacemos desarrollo

Hasta cierto punto, el éxito de este modelo desafía a todos los que trabajamos en el sector humanitario y de desarrollo. Nos obliga a enfrentar una verdad incómoda: durante décadas hemos tratado el conocimiento local como algo secundario, algo que se debe “integrar” en lugar de liderar.

Aunque bien intencionado, el modelo tradicional de ayuda a menudo ignora lo que tiene justo enfrente: comunidades que ya poseen las soluciones, y que solo esperan ser reconocidas y apoyadas.

Por eso, en World Vision Ecuador, nuestro trabajo en la Amazonía no se trata de entregar ayuda, sino de restaurar la capacidad de acción. No vemos la meliponicultura como caridad; la vemos como una estrategia. Forma parte de un ecosistema más amplio que incluye turismo comunitario, agricultura sostenible y medios de vida artesanales, todos ellos redefiniendo lo que puede ser la prosperidad en las zonas rurales.

Porque, al final, la pregunta no es cómo ayudar, sino cómo hacernos a un lado y permitir que las comunidades lideren.

El sonido del futuro

Cuando escucho el suave zumbido de las abejas en un meliponario, no oigo solo a la naturaleza en acción. Escucho el susurro del cambio: jóvenes construyendo futuros económicamente viables y ecológicamente responsables.

He visto a niños trazar con sus pequeños dedos la arquitectura de una colmena, mientras escuchan a Jeferson explicar cómo la colonia sobrevive gracias al equilibrio y la cooperación. Es una lección de biología, sí… pero también una lección moral. Un recordatorio de que el bosque, al igual que la humanidad, solo prospera cuando cada parte sostiene al conjunto.

A los formuladores de políticas, gobiernos y socios para el desarrollo, les diría esto:

Cuando tratamos a la naturaleza como algo que podemos dar por sentado, el costo nunca es lejano; se propaga por toda la red de la vida, alterando ecosistemas, medios de subsistencia y ese delicado equilibrio que nos sostiene a todos. Las soluciones al hambre, la pobreza y la pérdida ambiental no siempre están en nuevas tecnologías o expertos externos.

La Amazonía no necesita que la salven. Necesita que la escuchen, que la financien y que la respeten.

Entonces, ¿pueden las abejas salvar a los niños de la Amazonía? Tal vez no por sí solas.
Pero sin duda pueden mostrarnos el camino.

Y eso, para mí, es el sonido de la esperanza.