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Más allá de la supervivencia: Garantizar el derecho a la alimentación frente a los recortes globales en la ayuda humanitaria
Por Amanda Rives, Directora Senior de Incidencia Externa y Desarrollo de Recursos, Gestión de Desastres, World Vision
Julio de 2025
El hambre se intensifica a nivel mundial a medida que las crisis provocadas por el ser humano se multiplican. A pesar de que la alimentación, la protección y la asistencia humanitaria son derechos humanos universales, el número de personas que no logran obtener alimentos suficientes y nutritivos sigue aumentando.
En 2024, en 26 crisis nutricionales, cerca de 38 millones de niñas y niños menores de cinco años sufrieron desnutrición aguda, y más de 295 millones de personas en 53 países enfrentaron inseguridad alimentaria aguda. Esta tendencia preocupante refleja un aumento constante desde 2016.
La Clasificación Integrada de las Fases de la Seguridad Alimentaria (IPC), principal herramienta de análisis multiactor para la toma de decisiones humanitarias en torno a la alimentación, indica que la inseguridad alimentaria aguda ocurre cuando se interrumpen las cuatro dimensiones de la seguridad alimentaria: disponibilidad, acceso, uso y estabilidad de los alimentos. Esto conlleva a una escasez severa de alimentos, malnutrición, y al uso de estrategias irreversibles como el matrimonio infantil o la venta de medios de subsistencia.
A medida que los conflictos, la inestabilidad económica y los eventos climáticos extremos destruyen sistemas alimentarios y medios de vida, la necesidad de asistencia alimentaria humanitaria y de inversiones sostenibles en seguridad alimentaria aumenta rápidamente. Sin embargo, los recortes en la financiación humanitaria global están desmantelando las redes de seguridad de las que dependen millones de familias en crisis.
A mayo de 2025, la financiación para el sector de seguridad alimentaria alcanzaba solo 1.900 millones de dólares, frente a los 12.400 millones requeridos para satisfacer las necesidades humanitarias globales.
El hambre es una falla colectiva, no un fenómeno natural
Las crisis alimentarias actuales no son desastres naturales inevitables, sino resultado de una falla colectiva del sistema internacional. La negligencia frente al cambio climático, los conflictos prolongados y el debilitamiento de los marcos diplomáticos han expuesto a millones de personas en contextos frágiles. Los instrumentos legales internacionales diseñados para proteger a los civiles y garantizar el acceso humanitario son violados con impunidad.
Cada año, World Vision presenta un informe que documenta los impactos de los vacíos en la asistencia alimentaria para las niñas, niños y familias más vulnerables, especialmente en contextos de conflicto armado, cambio climático y crisis prolongadas. Este año, el estudio se centró en 13 países e incluyó los testimonios de personas desplazadas y comunidades de acogida, que enfrentan juntas las múltiples implicaciones del hambre.
El informe confirma que los efectos del aumento de la inseguridad alimentaria son devastadores, generalizados y profundizados por la reducción de la asistencia disponible.
Todos tienen derecho a la alimentación y a la asistencia humanitaria
El derecho a la alimentación está respaldado por múltiples marcos legales reconocidos internacionalmente. El Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de 1966 reconoce el derecho fundamental de toda persona a estar libre de hambre, mientras que la Convención sobre los Derechos del Niño establece que todos los niños y niñas tienen derecho a una alimentación adecuada y nutritiva.
En 2018, el Consejo de Seguridad de la ONU adoptó la Resolución 2417, que condena el uso del hambre como arma de guerra. La resolución insta a todas las partes en conflicto a proteger a la población civil y a no dañar instalaciones necesarias para la producción y distribución de alimentos.
A pesar de las omisiones actuales, el Derecho Internacional Humanitario (DIH) reconoce el derecho de la población civil en contextos de conflicto a recibir asistencia humanitaria, y exige a las partes en conflicto garantizar el acceso sin restricciones.
Por tanto, proteger a los civiles, ofrecer asistencia y promover la seguridad alimentaria no son actos de caridad: son obligaciones legales que deben cumplirse para garantizar los derechos de quienes viven en crisis.
El conflicto armado es el principal detonante del hambre
La violencia y la inseguridad son las principales causas de las crisis alimentarias. En 2024, 139,8 millones de personas que viven en zonas de conflicto experimentaron altos niveles de inseguridad alimentaria aguda.
A pesar de las garantías del Derecho Internacional Humanitario y la Resolución 2417, se confirmó hambruna en Sudán en 2024, y se considera inminente en lugares como Gaza, Haití, Malí y Sudán del Sur.
Los conflictos destruyen cultivos, carreteras, reservas alimentarias, viviendas e infraestructuras esenciales. Millones de personas se ven forzadas a huir, pierden todo y quedan desconectadas de recursos básicos.
Asimismo, más del 71% de las personas refugiadas en el mundo son acogidas por países de ingresos bajos y medios, lo que pone una presión inmensa sobre comunidades que ya enfrentan pobreza, cambio climático e inestabilidad política.
Los recortes en raciones socavan el bienestar y aumentan la dependencia
La asistencia alimentaria está dirigida a las personas más vulnerables, como aquellas desplazadas o atrapadas en zonas de conflicto, sin libertad de movimiento, sin ingresos ni opciones de subsistencia.
Por eso, los recortes en raciones son devastadores.
El informe de World Vision revela que el 45% de las familias encuestadas experimentaron recortes en la asistencia alimentaria antes de enero de 2025. Estas familias eran 5,4 veces más propensas a enfrentar inseguridad alimentaria aguda.
Tanto las personas desplazadas como las comunidades de acogida expresan el deseo de ser autosuficientes, de dejar atrás la lucha diaria por sobrevivir y construir un futuro.
Pero los recortes profundizan la dependencia. Lo que antes apenas alcanzaba para sobrevivir, hoy ni siquiera cubre lo básico. Muchas familias se ven forzadas a tomar decisiones a corto plazo que pueden perjudicar el desarrollo y la protección de sus hijas e hijos.
¿Qué podemos hacer para garantizar el derecho a la alimentación?
- Invertir en seguridad alimentaria como base para el bienestar integral de niñas, niños y familias.
- Asegurar que las acciones humanitarias e iniciativas de incidencia estén basadas en derechos y en marcos legales vinculantes.
- Escuchar a las comunidades afectadas por el hambre, e invertir en resiliencia y autosuficiencia, no solo en la sobrevivencia.
- Apoyar los mecanismos positivos de afrontamiento, y fortalecer lo que las comunidades ya hacen para cuidarse.
- Implementar intervenciones comprobadas, como transferencias en efectivo, alimentación escolar, inclusión financiera, desarrollo de habilidades y apoyo psicosocial.
- Promover la paz, proteger a la población civil y exigir rendición de cuentas ante violaciones al Derecho Internacional Humanitario.
La comunidad internacional debe renovar su compromiso para acabar con el hambre
Cuando los actores internacionales no cumplen sus obligaciones en materia de protección y asistencia, las consecuencias recaen en las personas más vulnerables: niñas, niños y familias atrapadas en crisis.
Tal como muestra el informe de World Vision, tener acceso a alimentos suficientes no es solo una necesidad biológica. Es la base para la educación, la protección infantil, la salud mental y la estabilidad económica.
La asistencia alimentaria no debe centrarse únicamente en sobrevivir. Debe ser el primer paso hacia la resiliencia, la autosuficiencia y una libertad duradera del hambre.
Es momento de actuar con urgencia, valentía y compromiso. Debemos abordar las causas estructurales del hambre, proteger a la población civil, fortalecer los sistemas alimentarios y hacer realidad el derecho a la alimentación.
No es una opción. Es nuestro deber.
Sobre la autora
Amanda Rives es Directora Senior de Incidencia Externa y Desarrollo de Recursos para la Gestión de Desastres de World Vision. Anteriormente, fue Directora Regional de Incidencia y Política para Medio Oriente y Europa del Este, y lideró programas de protección infantil en América Latina y el Caribe. Es reconocida con el Hunger Leadership Award 2025 del Congresional Hunger Center por su liderazgo en seguridad alimentaria en contextos humanitarios. Es ex voluntaria del Peace Corps, Mickey Leland Hunger Fellow, y cuenta con títulos en relaciones internacionales por George Washington University y desarrollo internacional por American University.

La Amazonía y la niñez en el centro de la lucha contra los plásticos
Este 5 de junio, el mundo conmemora el Día Mundial del Medio Ambiente bajo el lema “Sin contaminación por plásticos”. Y en ningún lugar este llamado cobra más urgencia que en la Amazonía, una región de vital importancia ecológica y hogar de millones de niñas, niños y adolescentes. A través de su iniciativa climática con enfoque en la niñez, World Vision hace un llamado a actuar con urgencia: proteger la Amazonía es proteger a la infancia.
Un ecosistema sofocado por el plástico
La Amazonía, que representa el 40% del territorio sudamericano, está hoy gravemente amenazada por la contaminación plástica. Se estima que cada año se vierten entre 8 y 12 millones de toneladas de plásticos a sus ríos, provenientes de desechos urbanos, bolsas, turismo descontrolado y residuos agrícolas. Estos plásticos tardan cientos de años en degradarse, liberando microplásticos que contaminan los suelos, los peces y, finalmente, a las personas.
Solo en Leticia (Colombia), se generan unas 700 toneladas de residuos al mes, de las cuales el 60% son plásticos, muy por encima del promedio nacional del 30%. De ese total, solo el 1.4% es reciclado. Una parte importante de estos desechos termina en el río Amazonas, uno de los más contaminados del planeta y responsable de verter plástico al océano Atlántico.
Niños y niñas: los más afectados
La contaminación plástica no solo daña ecosistemas, también pone en riesgo la salud de la población, especialmente la más joven. En Ecuador, un estudio de la Universidad Estatal Amazónica reveló la presencia de microplásticos en peces de río destinados al consumo humano, incluso dentro de áreas protegidas como el Parque Nacional Yasuní. Estas partículas pueden atravesar tejidos, alterar hormonas y poner en riesgo la salud a largo plazo.
Para las comunidades amazónicas, el río es una fuente de agua, alimentación y vida. Cuando el plástico entra en ese sistema, también entra en el cuerpo de los niños. Y eso es inaceptable.
50 años de avances… y deudas pendientes
Desde su creación en 1972, el Día Mundial del Medio Ambiente se ha convertido en una plataforma global para responder a la llamada triple crisis planetaria: calentamiento global, pérdida de biodiversidad y contaminación. Aunque se ha avanzado en conciencia pública y acuerdos internacionales, aún persisten desafíos: urbanización sin planificación, políticas lentas y escasa implementación local.
El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) recuerda que el 40% del plástico global es de un solo uso, que menos del 10% se recicla, y que más de 11 millones de toneladas terminan cada año en ríos, lagos y océanos.
La respuesta: transformar el sistema, proteger a la infancia
World Vision, a través de su Iniciativa Amazonas, trabaja para enfrentar esta crisis de manera estructural. La organización promueve acciones en gestión de residuos, protección de fuentes hídricas, educación ambiental y participación comunitaria en los países amazónicos.
La apuesta es clara: poner a la niñez en el centro de las soluciones climáticas. Escuchar sus voces, proteger su salud, garantizar su acceso a un ambiente sano y resiliente, y transformar las políticas públicas con datos, evidencia y participación local.
¿Qué podemos hacer?
El lema global del día mundial del medio ambiente de este año, invita a repensar nuestra relación con el plástico bajo cinco principios: rechazar, reducir, reutilizar, reciclar y repensar. Pero más allá del comportamiento individual, se necesita acción colectiva:
- Gobiernos que prioricen la gestión de residuos en la Amazonía.
- Empresas que dejen atrás los plásticos de un solo uso.
- Inversiones que fortalezcan el reciclaje y la economía circular.
- Comunidades organizadas para proteger sus territorios.
Cuidar la Amazonía es cuidar a quienes la habitan
La Amazonía no es solo biodiversidad. Es hogar. Es futuro. Es infancia. Hoy, en el Día Mundial del Medio Ambiente, recordamos que la lucha contra el plástico es también una lucha por la salud, la dignidad y la esperanza de millones de niñas y niños amazónicos. No podemos dejar que su hogar se ahogue en plástico. El momento de actuar es ahora.

Menstruación, inequidades y barreras

Menstruar con dignidad aún es un privilegio para muchas niñas y adolescentes en América Latina. En Perú, por ejemplo, una de cada tres estudiantes falta al colegio durante su periodo; mientras que más de la mitad de estudiantes en Ecuador no ha recibido una clase sobre salud menstrual. Lejos de ser un tema privado o “íntimo”, estamos ante una muestra clara de desigualdad, que deriva en exclusión social. Hablar de menstruación, brindar información en los entornos más cercanos y garantizar acceso a productos adecuados no es –ni debe ser- un lujo: sino debe ser entendida como una condición básica que, unida al acceso a los servicios de salud, contribuyan al bienestar integral de niñas y adolescentes desde la perspectiva de los DDHH.
Apenas 9 de 31 países de la región consideran los productos de gestión menstrual como artículos de primera necesidad, limitando el acceso principalmente a quienes viven en situación de pobreza y zonas rurales, que también enfrentan otros retos asociados como la falta de saneamiento adecuado: cerca de 106 millones de personas no cuenta con acceso a un baño digno en sus casas. La menstruación es un tema no solo a manejar en el ámbito privado, sino también de trabajarlo en la agenda educativa y de salud, y por tanto, en la esfera pública.
Lejos de ser una experiencia natural, muchas veces se vive con temor, vergüenza o silencio. En el caso de Kiara, una adolescente de 17 años de Amazonía, su primer periodo fue “de todo un poco. Miedo más que nada”. Como ella, 10% de niñas y adolescentes en Perú pensaron que se habían hecho un daño grave y que incluso estaban muriendo. Muchas faltan a la escuela por miedo a mancharse, por dolor o simplemente por no saber cómo sobrellevar la menstruación. En países como Bolivia, más de la mitad de los adolescentes afirma no recibir ningún tipo de charla o educación sobre los cambios de la pubertad. Estas ausencias tienen efectos profundos: limitan su aprendizaje y lesionan su autoestima.
El común de la región es que no hay políticas que garanticen el acceso gratuito a productos de gestión menstrual. En Chile, a modo de ejemplo, esto afecta principalmente a las personas de bajos recursos, dentro de las que se encuentran adolescentes migrantes, que recurren a opciones inseguras, exponiéndose a infecciones por no poder costear toallas higiénicas o copas menstruales. En campamentos o viviendas sin agua potable, algo tan natural como la menstruación se convierte en un desafío diario que atenta contra los derechos y dignidad de niñas y adolescentes.
Hablar de menstruación en la esfera pública es urgente. Asegurar el acceso de productos de higiene menstrual a bajo costo o gratuito; capacitación docente sobre salud menstrual en las escuelas; y la mejora en el acceso a saneamiento en contextos de vulnerabilidad son pasos fundamentales para disminuir el estigma asociado a la menstruación y que requiere de la acción de los Estados. Si cada mes una niña falta a clases, si siente vergüenza o se enfrenta a burlas, le estamos diciendo que su cuerpo menstruante es el problema.
El Día Mundial de la Higiene Menstrual (28 de mayo) es una oportunidad para poner este tema sobre la mesa y sobre las agendas de nuestros países, sin eufemismos ni tabúes. La menstruación no debe ser un motivo de exclusión, y hablar de ella no puede seguir siendo un privilegio de unas pocas. Menstruar no es un problema. Lo que lo es -y lo seguirá siendo- es la falta de políticas públicas educativas y de salud que la aborden desde una perspectiva de igualdad de género e inclusión social.
Cristina Carvallo
Especialista de Género e Inclusión Social de World Vision Bloque Andino + Chile

Más que una comida: cómo la alimentación escolar está nutriendo futuros en América Latina
En aulas desde el Amazonas hasta los Andes, las comidas escolares están transformando vidas en silencio. Lo que comenzó como una intervención nutricional básica se ha convertido en un salvavidas esencial para millones de niñas, niños, familias y comunidades en toda América Latina—ayudándoles a permanecer en la escuela, mantenerse saludables y conservar la esperanza. A través de una red de programas nacionales y alianzas con la sociedad civil, incluidas aquellas lideradas por World Vision, la alimentación escolar es ahora un pilar de las políticas educativas y sociales en países como Venezuela, Brasil, Guatemala y Perú.
Los programas de alimentación escolar de World Vision aseguran que niñas y niños en comunidades vulnerables reciban la nutrición necesaria para tener éxito. Esta labor forma parte esencial de nuestra campaña global ENOUGH, que busca eliminar el hambre y la malnutrición infantil garantizando que cada niña y niño tenga acceso a los alimentos que necesita para desarrollar un cuerpo y mente saludables.
En Venezuela, World Vision, en alianza con el Programa Mundial de Alimentos (WFP), ha ampliado la alimentación escolar a 542 escuelas en cinco estados. El programa beneficia a más de 78,000 niñas y niños mediante una combinación de entregas de alimentos frescos, comidas en el lugar y suplementos fortificados como el Super Cereal. El impacto se ve no solo en la mejora de la nutrición, sino también en entornos escolares revitalizados. En Barinas, las comidas se preparan y sirven diariamente en escuelas como Don Rómulo Gallegos, mientras que mejoras en las cocinas, como en el CEI Josefa Camejo en Falcón, han contribuido a una mayor seguridad alimentaria y calidad de las comidas.
El programa de alimentación escolar de Brasil, conocido como PNAE (Programa Nacional de Alimentación Escolar), es uno de los más antiguos del mundo. Asegura que niñas y niños en la educación pública accedan a comidas que reflejen tanto sus necesidades nutricionales como sus preferencias culturales. World Vision Brasil ha centrado sus esfuerzos en la participación juvenil, apoyando el monitoreo y la incidencia liderada por adolescentes. En 2024, como parte de la iniciativa “Amplificando las Voces de la Niñez Digitalmente (ACVD)”, jóvenes redactaron una carta solicitando mayor transparencia en la entrega de alimentos escolares. Esta carta fue entregada directamente a funcionarios gubernamentales durante la Cumbre del G20 en Río de Janeiro, destacando la importancia de la participación juvenil en los servicios públicos.
El cambio de políticas ha sido clave en Guatemala. En 2017, el gobierno aprobó una Ley de Alimentación Escolar pionera, que fue fortalecida en 2021. Esta reforma incrementó el financiamiento diario por estudiante de Q4.00 a Q6.00 (aproximadamente de US$0.52 a US$0.78) y amplió la cobertura a 3.6 millones de niñas y niños, incluyendo niveles de educación inicial y secundaria básica. World Vision Guatemala desempeñó un papel clave en el proceso legislativo, brindando insumos durante los debates y abogando por una inversión sostenida en la nutrición infantil. Hoy, su trabajo también incluye la mejora de infraestructura de agua y saneamiento en escuelas, equipamiento de cocinas y talleres de preparación de alimentos para madres y padres con ingredientes locales.
En Perú, está ocurriendo otro tipo de transformación: una que pone a las niñas y niños en el centro de la política alimentaria. A través de una iniciativa de participación ciudadana llamada “Voz y Acción Ciudadana”, niñas, niños y adolescentes han sido capacitados para evaluar y proponer mejoras al programa nacional de alimentación escolar, ahora conocido como Wasi Mikuna. En 2024, esta movilización alcanzó a más de 21,000 estudiantes, madres, padres y docentes. Líderes juveniles organizaron consultas públicas, visitaron centros de almacenamiento y se reunieron con autoridades para compartir sus propuestas. Estos esfuerzos llevaron a un compromiso formal del gobierno para mejorar la capacitación de manipuladores de alimentos, aumentar la transparencia y desarrollar materiales comunicacionales adecuados para niñas y niños sobre los servicios nutricionales.
Todos estos programas comparten una visión: la alimentación escolar no se trata solo de calmar el hambre. Se trata de participación, dignidad, potencial e igualdad de oportunidades. Para muchas niñas y niños, la jornada escolar es el único momento del día en que pueden contar con una comida nutritiva. Para familias que enfrentan inflación, sequía o desplazamiento, esta certeza diaria representa un alivio tangible. Y para los gobiernos, la alimentación escolar ha demostrado ser una herramienta eficaz para mejorar los resultados educativos y, al mismo tiempo, fortalecer las economías locales mediante la compra de alimentos a pequeños productores y la generación de empleo en la cadena de suministro.
Sin embargo, el trabajo está lejos de haber terminado. En toda la región, los programas enfrentan desafíos, desde presupuestos insuficientes hasta dificultades logísticas en zonas remotas. El cambio climático, el aumento del costo de los alimentos y la inestabilidad política amenazan con revertir los avances logrados en la última década. En este contexto, el rol de los socios internacionales sigue siendo vital, no solo como implementadores, sino como defensores, conectores y amplificadores de las voces locales.
No es casualidad que gran parte del progreso en estos países haya ocurrido donde las niñas, niños y sus comunidades han estado directamente involucrados. Ya sea a través del monitoreo juvenil en Brasil y Perú, o mediante talleres de cocina dirigidos por madres y padres en Guatemala, estos programas tienen éxito porque se enraízan en la experiencia vivida de quienes los reciben.
Con la atención global puesta en la próxima Cumbre Mundial de Alimentación Escolar en Brasil este septiembre, existe una oportunidad —y una responsabilidad— de que donantes, gobiernos y organizaciones de la sociedad civil reafirmen su compromiso con la alimentación escolar.
Asegurar que cada niña y niño tenga acceso a una comida escolar nutritiva no es caridad. Es una cuestión de justicia, equidad y política pública inteligente.
Porque al final, una comida escolar nunca es solo un plato de comida. Es un voto de confianza en el futuro de una niña o un niño.
Para más información, visita nuestro sitio sobre Alimentación Escolar: https://www.wvi.org/ENOUGH/school-meals

Informe de situación: Esperanza Sin Fronteras, Octubre – Diciembre 2024
Informe Especial: Niñez Migrante en Riesgo – Respuesta Humanitaria en América Latina
Entre octubre y diciembre de 2024, América Latina vivió un incremento sostenido en los desplazamientos forzados, alcanzando más de 40 millones de personas migrantes en la región. Este fenómeno, impulsado por deportaciones masivas, violencia estructural y rutas cada vez más peligrosas, ha puesto en alerta a los sistemas de protección social. La niñez migrante —que representa hasta un 33% del total migrante— continúa enfrentando riesgos extremos como reclutamiento forzado, trata, desnutrición y exclusión educativa.
Este informe ofrece un análisis profundo sobre la respuesta humanitaria de World Vision a través del programa “Esperanza sin Fronteras”, desplegado en 8 países de América Latina, y presenta cifras impactantes sobre la atención brindada, los desafíos persistentes y las necesidades urgentes de financiamiento y coordinación regional.
¿Por qué leer este informe?
• +2.58 millones de personas migrantes y refugiadas han sido atendidas desde 2019.
• +134,000 atenciones realizadas solo en el último trimestre de 2024.
• Descripción detallada de la respuesta en protección infantil, salud, inclusión socioeconómica y seguridad alimentaria.
• Análisis de nuevas amenazas como el colapso de servicios básicos, militarización de fronteras y aumento de niñez no acompañada (hasta 500% en México).
• Rutas migratorias críticas: Colombia, Panamá, México, Ecuador, Perú y Brasil.
• Propuestas de acción y llamado urgente a donantes y gobiernos para sostener la ayuda.
Conoce cómo World Vision implementa espacios seguros, asistencia legal, transferencias monetarias y fortalecimiento comunitario, transformando realidades en medio de una de las mayores crisis migratorias del continente.


Día de la Madre Tierra: Proteger la creación es proteger a la niñez
El vínculo entre justicia climática, fe y protección de la infancia en América Latina
Cada 22 de abril, el mundo celebra el Día Internacional de la Madre Tierra, una jornada que nos invita a reflexionar sobre nuestra relación con el planeta, denunciar los impactos de la crisis ambiental y promover un cambio profundo hacia una economía más justa, sostenible y respetuosa con la creación.
En medio de sequías extremas, deforestación acelerada, contaminación de los ríos y desplazamientos forzados, la Madre Tierra nos lanza un grito urgente: la casa común está en peligro. Y aunque todas y todos sentimos sus efectos, hay una población especialmente vulnerable a esta crisis: los niños y niñas.
Crisis climática y niñez: una emergencia silenciosa
Según Naciones Unidas, más de un millón de especies están en peligro de extinción, y cada año perdemos 10 millones de hectáreas de bosques. Los impactos no son sólo ambientales, sino profundamente humanos.
World Vision advierte que mil millones de niñas y niños viven en países en riesgo extremo por desastres ambientales. Estos fenómenos climáticos —sequías, huracanes, inundaciones— destruyen escuelas, contaminan fuentes de agua, arrasan cosechas y obligan a miles de familias a migrar. Entre 2016 y 2021, más de 43 millones de niños fueron desplazados por causas climáticas.
Además, el cambio climático multiplica el hambre. Ya hay 148 millones de niñas y niños con desnutrición crónica en el mundo, y se estima que 80 millones de personas adicionales podrían pasar hambre hacia mediados de siglo si no actuamos.
La Amazonía y el Corredor Seco: Territorios clave para la vida
World Vision trabaja en dos de los paisajes más afectados por el cambio climático en América Latina, donde la niñez se encuentra en situación de mayor vulnerabilidad frente a eventos climáticos extremos: la Amazonía y el Corredor Seco Centroamericano.
Amazonía: el bioma sagrado que arde
La Iniciativa Climática Amazónica tiene como objetivo proteger a la niñez indígena, tradicional y originaria en países como Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela. Esta iniciativa se enfoca en garantizar el acceso de los niños y niñas a servicios vitales como el agua, en apoyar la restauración de ecosistemas degradados por parte de las comunidades locales y en promover sistemas agroalimentarios sostenibles y eficientes, que reduzcan la presión sobre el ecosistema.
Colocando siempre en el centro las voces de la niñez y de las comunidades indígenas, tradicionales y locales, World Vision reconoce que solo poniendo a las personas —y en especial a los niños y niñas— como prioridad, es posible imaginar una Amazonía en pie. De esta manera, se busca preservar tanto las maravillas de la Creación de Dios como el futuro de cada niño que la habita.
Corredor Seco: Esperanza y oportunidades para soñar en casa
En Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua, el Corredor Seco sufre una grave crisis hídrica y alimentaria que forza a las personas a dejar sus hogares en búsqueda de condiciones aptas para vivir. World Vision promueve la seguridad hídrica desde una visión de cuenca hídrica, la gestión y restauración de los recursos naturales como motor del desarrollo económico y el fortalecimiento de las capacidades de afrontar, resistir y reponerse a los eventos climáticos extremos para generar condiciones ideales para que cada niña y niño pueda tener oportunidades y esperanza en sus comunidades de origen.Las organizaciones basadas en la fe nos permite llegar donde nadie más llega y actuar donde se encuentran las personas con mayor vulnerabilidad en los rincones más profundos de Centro América.
Ecoternura: cuando el cuidado de la creación nace del amor
En este contexto, emerge un concepto transformador: ECOTERNURA. No se trata solo de reciclar o sembrar árboles. La ecoternura es un vínculo profundo de amor, respeto y reciprocidad entre la niñez y la naturaleza. Es un compromiso espiritual y comunitario que nace del asombro y la conexión sagrada con la creación de Dios.
“El Señor Dios puso al hombre en el jardín del Edén para que lo cultivara y lo cuidara” (Génesis 2:15).
Desde esta mirada teológica, la naturaleza no es un recurso para explotar, sino un don sagrado que debe ser honrado. La niñez —con su curiosidad, ternura y sentido de justicia— se convierte en guardiana profética de la tierra. En cada juego en el bosque, en cada defensa del río limpio, niñas y niños plantan semillas de esperanza.
La fe como motor de justicia climática
Frente a esta crisis, la fe puede y debe ser un catalizador poderoso de acción ambiental. Las religiones del mundo comparten valores de cuidado, compasión y justicia. Desde el mandato bíblico de cuidar la creación (Génesis 1:28) hasta los principios de dharma, ahimsa y zakat, hay un llamado común: proteger la tierra es proteger la vida.
World Vision trabaja con líderes religiosos de distintas confesiones para:
- Educar a las comunidades sobre justicia ambiental desde una base espiritual
- Movilizar recursos de fe, para restaurar ecosistemas
- Promover prácticas sostenibles en templos, parroquias y mezquitas
- Incidir en políticas públicas con una voz moral y profética
- Unir fuerzas interreligiosas en campañas como la coalición Faith for Earth de la ONU.
Proteger a la Madre Tierra es amar a la niñez
En este Día de la Madre Tierra, recordemos que el cuidado del planeta no es solo un tema ambiental, sino profundamente espiritual, ético y social. Si queremos que los niños y niñas crezcan con dignidad, salud y esperanza, necesitamos actuar ya.
Desde la Amazonía hasta el Corredor Seco, desde las iglesias rurales hasta los centros urbanos, cada acción cuenta: sembrar un árbol, defender un río, enseñar a un niño sobre la belleza de la creación, alzar la voz por políticas justas.
Porque al cuidar de la tierra, cuidamos del jardín que Dios nos confió y de la niñez que él ama profundamente.