Tegucigalpa, Honduras | World Vision.- Mi nombre es Ana Macareño, tengo 24 años y soy de Piedra Ancha, Danlí, El Paraíso.
Desde pequeña fui una niña que soñaba con estudiar. Me encantaba ir a la escuela y tenía claro que quería ser profesional. Sin embargo, a los 13 años mi vida cambió por completo: me diagnosticaron cataratas y, poco tiempo después, perdí totalmente la vista en ambos ojos.
Recuerdo que en ese momento sentí que todo se había terminado. Me dijeron que ya no podía seguir estudiando, y ese sueño que había construido desde niña parecía desaparecer. Me encerré en mi cuarto, dejé de salir, dormía todo el día y me preguntaba: “¿Para qué seguir si ya no puedo hacer lo que soñaba?”. Me sentía sola, sin oportunidades, viviendo únicamente con mi mamá y mis hermanas, tratando de entender una nueva realidad.

El regreso de la esperanza
Pero mi historia no terminó ahí. Todo comenzó a cambiar cuando conocí a una persona con discapacidad visual que me habló de un programa de rehabilitación. Aunque no tenía muchas esperanzas, decidí intentarlo. Fue una de las mejores decisiones de mi vida.
En ese proceso aprendí Braille, y con cada letra que lograba leer, sentía que recuperaba algo más que conocimiento: recuperaba la esperanza. Volví a creer que sí podía salir adelante.
Fue ahí donde escuché por primera vez sobre Youth Ready. Mi maestra de Braille me animó a participar y me dijo algo que nunca olvidaré: “Todo lo que ha aprendido, es momento de ponerlo en práctica”. Decidí dar ese paso.

La transformación a través del emprendimiento
En Youth Ready descubrí algo que transformó mi forma de ver la vida: el emprendimiento. Antes no sabía nada sobre negocios, ni siquiera imaginaba que podía tener uno propio. Pero ahí aprendí, me formé y empecé a creer en mis capacidades.
Al terminar el proceso, desarrollé mi idea de negocio. Meses después, recibí la noticia de que había sido seleccionada para recibir capital semilla. Recuerdo que no podía creerlo. Revisaba mi teléfono una y otra vez, pensando que era un error. Cuando finalmente tuve el dinero en mis manos, lloré de emoción. Era la primera vez que sentía que una oportunidad real estaba en mis manos.
La valentía de reinventarse
Con ese apoyo, inicié mi emprendimiento. Probé primero con la venta de ropa, pero enfrenté dificultades para movilizarme. Entonces tomé una decisión valiente: reinventarme.
Vendí lo que tenía y comencé un negocio desde casa, vendiendo lácteos y carne (pollo, mantequilla, queso y chorizo). Hoy, ese negocio es mi sustento y una fuente de dignidad.
Además, la vida me regaló una nueva bendición: mi hijo, que hoy tiene tres meses. Él se ha convertido en mi mayor motivación para seguir adelante. Ahora no solo lucho por mí, sino por mi familia.
Un mensaje para el mundo
Hoy puedo decir que me siento capaz, fuerte y agradecida. Lo que antes parecía el final, se convirtió en un nuevo comienzo.
A quienes sienten que no hay oportunidades, quiero decirles: sí las hay. A veces no llegan solas; hay que buscarlas, creer en ellas y atreverse. No se rindan, todo sacrificio vale la pena.
Y a quienes hacen posible estos proyectos, solo puedo decir gracias. Porque cuando se brinda una oportunidad, especialmente a personas con discapacidad, no solo se cambia una vida… se devuelve la esperanza.